sábado, 13 de julio de 2024

Mc 14,39

 Apartándose de nuevo, oró repitiendo las mismas palabras.

Jesús vuelve a apartarse de los tres discípulos para orar. Su oración continúa. Esto indica que la tentación persiste y que no le es fácil aceptar el designio del Padre. Sigue orando con las mismas palabras de antes para reforzar esta aceptación y poder vencer así la tentación de forma definitiva.

Mc presenta en esta escena un Jesús tremendamente humano, que se angustia ante la muerte y se agarra a Dios para poder afrontarla. Hasta ahora el evangelista se ha centrado fundamentalmente en la presentación del mensaje de Jesús y de su actividad liberadora; ahora quiere hacernos ver otras facetas de su condición humana: su debilidad en el momento de la prueba y su confianza en Dios ante ella. El lector se siente así cercano a este Jesús débil, que le resulta tan familiar, e invitado a comportarse como él en los momentos de dificultad.

LA BIBLIA

Mc 14,38

 <<Manteneos despiertos y pedid no caer en la tentación: el espíritu es animoso, pero la carne es débil>>.

A continuación, Jesús se dirige a los tres. No les reprocha con amargura su insolidaridad, sino que vuelve a exhortarlos con las mismas palabras de antes: manteneos despiertos. Por segunda vez, los anima a que tomen conciencia de lo que sucede y actúen en consecuencia; es decir, a que acepten su ejemplo y asuman que seguirlo a él puede llevarlos a un desenlace como el suyo.

Además de esto, tienen que orar, como ellos mismos debían haber comprendido al ver orar a Jesús: pedid no caer en la tentación, la misma que él sufre, la de rechazar como un fracaso la muerte que se avecina. Lo que sucede con Jesús es parte del itinerario de todo discípulo; al ver su debilidad, deberían haber comprendido la propia y recurrir a la oración espontáneamente. Ser discípulo incluye seguir a Jesús también en esta circunstancia y, como él, aceptar la prueba confiando en el Padre (13,32).

Toda la escena está proyectada hacia los discípulos, tomando como prototipos a los más rebeldes al mesianismo de Jesús. Él mismo va en cabeza, anticipando en sí todo lo que ha de suceder a los suyos: la tentación, la experiencia de la debilidad propia y de la fuerza de Dios Padre. Dios no socorre de modo extraordinario, evitando el mal trance del que acude a él, pero está presente en el que cree, poniendo a disposición de éste toda su potencia de amor (9,27), aunque sin eclipsar el dolor o el sufrimiento. El creyente pasará por ellos, pero sabiendo que éstos no tienen la última palabra y que la fuerza de Dios les permitirá afrontarlos con esperanza.

La frase final, el espíritu es animoso, pero la carne es débil, pone en evidencia dos facetas del ser humano: su entusiasmo por una causa noble y su flaqueza para afrontar las dificultades que conlleva. El espíritu humano es ímpetu, aspiración, pero puede ser vencido por la debilidad. Los ideales generosos entusiasman, pero, cuando llega la hora de la verdad, el hombre suele fallar. Por eso los discípulos deben orar: el hombre, débil y mortal (carne), no puede apoyarse sólo en sí mismo; unido a Dios, en cambio, puede afrontarlo todo (10,27). Hay una posible alusión a las bravatas de Pedro en la perícopa anterior (14,27-31).

LA BIBLIA

Mc 14,37

 Se acercó, los encontró dormidos y dijo a Pedro: <<Simón, ¿estás durmiendo? ¿No has tenido fuerzas para mantenerte despierto ni una hora?>>

A partir de este momento, el tema de la perícopa va centrándose más en la actitud de los discípulos que en la angustia y oración de Jesús.

Jesús vuelve al lugar donde están los tres discípulos. A pesar de su exhortación anterior (v. 34: <<manteneos despiertos>>), los encuentra dormidos. <<Dormir>> equivale a desentenderse de la situación, renunciar a la actividad, no estar dispuestos a la entrega (13,36); en este momento particular, significa negarse a ser interpelado por la muerte de Jesús, no querer ver en el destino de Jesús el prototipo del de todo seguidor y, en fin de cuentas, renunciar al seguimiento. Los discípulos no se muestran a la altura de las circunstancias.

Jesús se dirige a Pedro llamándolo por su nombre (Simón), no con el sobrenombre que él mismo le impuso (<<Piedra / Pedro>>), y que denotaba su obstinación. Le hace ver su debilidad (¿no has tenido fuerzas, etc.?); el que se jactaba de ser capaz de todo por fidelidad a Jesús (14,31) no lo ha sido de realizar el mínimo que él le ha pedido: no ha logrado mantenerse despierto ni siquiera una hora. Estar en vela no lo ponía en peligro y, sin embargo, no lo ha cumplido. Jesús no expresa juicio de valor; sencillamente le pone delante su comportamiento.

Pedro no replica; ante este hecho no tiene respuesta. Es el más responsable de la situación, por haber arrastrado a los demás con sus bravatas (14,31).

Aunque los tres son testigos del estado de abatimiento en que Jesús se encuentra (vv. 33-34), no muestran interés ni solidaridad con él. Cierran los ojos a lo que ven y no comprenden el significado de la crisis. En realidad, no tienen verdadera adhesión a este Jesús abatido, sino al Mesías glorioso que ellos imaginan.

Cuando Jesús les anunció la deserción de todos ellos, mostraron su susceptibilidad y su amor propio (14,27-31). Ahora que Jesús sufre y muestra su propia debilidad, se quedan indiferentes ante ella y no reaccionan. La ideología les hace perder los sentimientos humanos.

Los verbos están en presente histórico (se acerca, los encuentra dormidos y dice a Pedro). Mc sigue insistiendo en que la actitud de los discípulos continúa igual cuando él escribe su evangelio.

LA BIBLIA

Mc 14,36

 Decía: <<¡Abba! ¡Padre!, todo es posible para ti; aparte de mí este trago... Pero no se haga eso que yo quiero, sino eso que quieres tú>>.

Ahora pone Mc la oración de Jesús en estilo directo; para resaltar su importancia, quiere que el lector oiga la voz misma de Jesús. Éste se dirige al Padre con el apelativo íntimo Abba, que corresponde a las palabras que oyó en el bautismo: <<Tú eres mi Hijo, el amado>> (1,11; cf. 9,7), y que está lleno de calor filial. La revuelta de los sentimientos interiores no ha apagado su experiencia profunda: sabe que todo el plan del Padre significa amor al Hijo.

Como siempre en Mc, el uso del término arameo relaciona el pasaje con el antiguo o el nuevo Israel (cf. 5,41; 7,32); aquí con el nuevo. La oración de Jesús enseña al Israel mesiánico (y, con él, a todo seguidor) a ser fiel en todo momento y circunstancia al designio de Dios.

Jesús cree totalmente en el amor del Padre por él y afirma el suyo por el Padre. Actualiza el vínculo de amor; pero el sufrimiento lo obnubila y, al lado de ese vínculo, la tentación llega al máximo; se unen todos los aspectos anteriores: el fracaso de su labor, la ignominia para su persona, la ruina para Israel, el deshonor para Dios.

En esta oscuridad interior, corrige Jesús el "si es posible" de antes; ahora pide, prácticamente exige al Padre (no pone restricción alguna) que, por su amor, lo exonere de la prueba: aparta de mí este trago (lit.: "esta copa", cf. 10,38s; 14,23).

Al afirmar todo es posible para ti, la duda desaparece; piensa Jesús que el amor del Padre puede encontrar otro camino y le pide una alternativa. Esto implicaría que el Padre puede cambiar el curso de la historia y le ruega que lo haga. La tentación es ahora <<la idea de los hombres>> (8,33), el deseo de una intervención divina de poder, desde fuera de la historia, que cambie la situación sin contar con la libertad humana o en contra de ella. Olvida Jesús que el plan del Padre que ha seguido hasta ahora era reflejo de su mismo ser, es decir, de su infinito amor por la humanidad, y que ese amor conlleva el respeto a la libertad del hombre, condición esencial para su desarrollo. Le parece que el amor así no basta, no es eficaz. Pero no quiere obrar por cuenta propia, sino contar con la potencia divina para escapar de la muerte.

Hay una oposición estridente entre el apelativo ¡Abba!, ¡Padre! y la petición que sigue. Por una parte, aparece la experiencia del amor del Padre hacia él; por otra, la renuncia a su entrega por el bien de la humanidad (aparta). La tentación separa el amor de Dios del amor de los hombres. Jesús quiere salvar su vida y el honor de Dios a costa del bien del ser humano. La tentación de recurrir al poder supone neutralizar el amor, haciendo que se frustre el plan de Dios sobre el hombre.

Jesús ha querido forzar la acción del Padre, pero el Padre no responde. Hay una pausa trágica.

Evidentemente, el Padre no puede querer el mal; es enemigo de éste y mucho más del que va a padecer su Hijo amado; él no quiere que Jesús sufra y muera. Pero el mal es inevitable, dado que la libertad infinita e imperfecta del hombre puede elegirlo. Dios no puede eliminarlo de raíz sin destruir al hombre que él mismo, por su amor, ha creado.

Finalmente, sobreponiéndose al sufrimiento y a la tentación que lo atenaza, Jesús comprende el doloroso dilema: acepta el designio del Padre, fiándose más de él que de sí mismo (no eso que yo quiero, sino eso que quieres tú). La confianza en el Padre hace que salga victorioso el amor a la humanidad. Las palabras eso que quieres tú invalidan el todo es posible para ti. No hay más que un camino, el que marca el amor infinito del Padre. Éste no puede apartar la copa, librar del sufrimiento, imponiendo lo que sería su deseo; sería negar su ser, desdecir del amor, destruir su creación.

Muestra aquí Jesús el máximo de fidelidad en el máximo de la dificultad. Resplandece la fuerza de la fe pura, de la adhesión incondicional a Dios por encima de todo sentimiento propio o situación-límite. Avivando con su oración la experiencia del amor del Padre, aun sumido en la debilidad, encuentra su fuerza.

La escena de Getsemaní efectúa un cambio inesperado y prácticamente increíble en la idea de Dios, concebido en todas las tradiciones religiosas como infinito e irresistible poder. La muerte de Jesús va a revelar "la debilidad" de Dios. De hecho, su amor al hombre está a merced de la libertad humana, aunque ésta, imperfecta y débil como es, pueda usarse para el mal. Ante el rechazo, Dios no puede actuar imponiendo a los hombres su voluntad, pues no tiene más poder que el del amor. Acepta su descrédito ante la historia, el escepticismo o el desprecio de los que ejercen o estiman el dominio sobre los hombres. Ahora, ante el rechazo de Jesús por parte de Israel, Dios queda impotente (12,6-8); sin embargo, en la línea del amor, su plan es el único posible. Su amor, convencido del valor del ser humano, lo lleva a una actitud de infinita paciencia.

En la persona de Jesús, este episodio enseña lo que puede costar ser fiel al compromiso hasta el final. Hay un enemigo fuera, pero hay otro dentro: la tentación. La angustia de Jesús muestra que el hombre por sí solo no puede afrontar impávido un género de muerte como la suya. Pero Jesús mantiene su adhesión al Padre y ésta, haciéndolo partícipe de la fuerza divina, le permite superar la prueba y llegar hasta el fin (cf. 9,27; 10,27).

No es Jesús un fanático que confía en sus propias fuerzas y está dispuesto al acto heroico que lo cubre de gloria. Su acto es mucho más difícil: él, apoyándose en el Padre, acepta, por amor a la misma humanidad que lo rechaza, la muerte que se avecina y que, en vez de conferirle gloria, lo cubre de oprobio e ignominia. No es tampoco un iluso que cree que el reinado de Dios no va a encontrar resistencia; no idealiza al ser humano ni a la humanidad; conoce perfectamente sus grandes deficiencias. Por eso comprende que el despliegue del reinado de Dios en la historia será un proceso muy largo y costoso.

LA BIBLIA

jueves, 11 de julio de 2024

Mc 14,35

 Adelantándose un poco, se dejó caer a tierra, y pedía que, si era posible, no le llegase aquella hora.

Jesús se separa del grupo de los tres, pero a poca distancia (Adelantándose un poco). Los tres discípulos podrán así ser testigos de su oración, aunque ésta se desarrolle en el ámbito personal de la relación de Jesús con Dios. Se deja caer a tierra, como derrotado. No es una postura de oración, sino de abatimiento, en consonancia con los sentimientos expresados anteriormente. Desea y pide con insistencia, que la hora que se avecina, se aleje, no llegue nunca para él. Como ha quedado establecido en 13,11.32, "la hora" es la de la pasión y muerte.

La voluntad de Jesús es clara: no quiere afrontar "la hora". Se resiste a llegar hasta el final que le espera, a asumir las consecuencias últimas del mensaje predicado por él y de su actividad liberadora. Aflora aquí el combate interior de Jesús: si su muerte va a ser inútil, si no va a servir más que para descrédito suyo y de Dios mismo, si va a provocar la ruina de Israel, no tiene sentido morir de esa manera. Por eso rehúsa ser entregado en manos de los enemigos de Dios.

La mente de Jesús está ofuscada por la fuerza del sentimiento. En primer término de su conciencia están el horror y el abatimiento ante lo que se avecina; de tal manera, que vacila su identificación con el designio del Padre. Sin embargo, su petición no es categórica, sino condicionada: si era posible. No está seguro de que lo que pide sea factible. Duda de que su deseo sea compatible con el plan divino y no pretende imponer su voluntad a Dios.

LA BIBLIA

Mc 14,34

 Les dijo: <<Me muero de tristeza. Quedaos aquí y manteneos despiertos>>.

Jesús revela a los tres discípulos su estado de ánimo usando palabras del salterio: Me muero de tristeza (lit.: "tristísima está mi alma, hasta la muerte", Sal 42/41,6.12; 43/42,5). El salmista emitía esta queja al encontrarse en una soledad absoluta, rodeado de gente pagana que lo hostigaba y se burlaba de él, porque su Dios no lo socorría ni lo defendía de su hostilidad.

La tristeza de Jesús se debe en primer lugar a su soledad. Por un lado, ha sido traicionado por uno de su círculo íntimo y no encuentra respuesta en el resto del grupo; por otro, su horizonte se nubla ante el abandono por parte de Dios, que no lo libra de la muerte. En contra de su actitud profunda, se rebela una reacción instintiva que no puede dominar.

Pero, además, su muerte va a provocar la pregunta que hacían los paganos al salmista: <<¿Dónde está tu Dios?>> (Sal 42/41, 4.11). Jesús, que se apoya en Dios, está perseguido por gente que adora a otro dios, el dinero (11,17), y, encontrándose a punto de sufrir la muerte, éstos pueden echarle en cara que su Dios no existe, porque no sale en su defensa. De hecho, si el que se llama Mesías e Hijo de Dios muere, condenado, los hombres van a rechazar como falso a ese Dios al que él apela y que no interviene en su favor. De este modo, el fracaso de Jesús será el descrédito de Dios, que aparecerá como un dios impotente, incapaz de salvar, objeto de burla; quedará en ridículo ante la historia, y toda la labor de Jesús acabará en nada.

Es el escándalo de que Dios no intervenga en defensa del justo perseguido, de que abandone su propia causa y los hombres puedan dudar incluso de su existencia. La muerte de Jesús va a probar a los ojos del mundo que Dios no está con él, que la causa que defiende es falsa. Es una muerte que, aparentemente, no sirve para nada; si acaso, para el deshonor de Dios; todos se reirán de él y de lo que representa. Van a triunfar los enemigos de Dios, los opresores del hombre.

En esta situación de ánimo, Jesús les pide a los tres discípulos que permanezcan cerca (quedaos aquí) de un Mesías indefenso, abatido y con signos de derrota, no de gloria. Les dice que se mantengan despiertos. Esta es la formulación en Mc del mandamiento de Jesús (13,34.35a.37), que implica el seguimiento hasta el fin. El estado de vigilia que Jesús pide a los discípulos expresaría la solidaridad de éstos en su prueba, el "estar con él" (cf. 3,14) hasta en la situación-límite, cuando afronta el fracaso aparente de su muerte próxima, que es el resultado de su actividad en favor de los hombres.

Pedro, Santiago y Juan están presenciando el momento supremo de la vida de Jesús (v. 41: la hora). Pero también para los seguidores llegará la hora de dar prueba de la verdad de su compromiso (13,9.11). "Mantenerse despiertos" equivale a aceptar con y como Jesús el desenlace inevitable (8,31.35) de la dedicación al bien de la humanidad. Significa para el seguidor de Jesús hacer suya la disposición de afrontar incluso una muerte sin gloria con tal de contribuir a la realización del designio de Dios sobre el ser humano: la plenitud de vida. 

LA BIBLIA

Mc 14,33

 Se llevó con él a Pedro, a Santiago y a Juan y, dejando ver su enorme desconcierto y su angustia...

Como en dos ocasiones anteriores (cf. 5,37; 9,2), se llevó con él a Pedro, a Santiago y a Juan, llamados desde la primera hora al seguimiento de Jesús (1.16.21a), los tres más destacados del grupo de los Doce y, por su apego a los ideales del judaísmo, los más reacios a aceptar el mesianismo de entrega y servicio de Jesús (8,32; 9,38; 10,37). Son los mismos a quienes Jesús impuso sobrenombres que reflejaban sus actitudes (3,16: "Piedra" / Pedro, por su obstinación; 3,17: "Truenos", a Santiago y Juan, por su autoritarismo). Por otra parte, por sus experiencias anteriores en el episodio de la hija de Jairo (5,37ss) y la transfiguración (9,2ss), estos discípulos debían haber sido los más preparados para afrontar la situación actual. Esta tercera vez que se los lleva consigo va a mostrar cuál es su postura definitiva ante la prueba por la que va a pasar Jesús: la de una total incomprensión.

Mc enlaza esta escena sobre todo con la de la transfiguración (cf. 9,2: "tomó/se llevó consigo a Pedro, etc."). La manifestación en el monte pretendía convencer a los tres discípulos de que el itinerario del Mesías, expuesto por Jesús y que anunciaba su muerte, era el de Dios y el camino que conduce a la vida definitiva; de que incluso sufrir la muerte por procurar el bien de la humanidad no significaba el fracaso de la persona, sino su mayor éxito existencial.

La vida y la gloria manifestadas en el monte deberían haber hecho ver a estos discípulos que la muerte que Jesús va a sufrir no es definitiva; su muerte implica aquella vida. Se hubieran sobrepuesto así a los duros acontecimientos que van a desencadenarse a partir de Getsemaní. Jesús quiere enfrentarlos con esta realidad, haciendo que sean testigos de cómo él la afronta y de la enorme dificultad que entraña.

Delante de ellos deja ver Jesús su estado de ánimo, que el evangelista describe como enorme desconcierto y angustia. Parece como si, de pronto, perciba Jesús en toda su crudeza la situación a la que ha llegado. Perseguido por las autoridades, que se aprestan a darle muerte, hace el balance de su labor. La realidad histórica se desploma sobre él.

Fiel a su misión, Jesús ha intentado liberar a Israel de la opresión religiosa que sufre (1,21b-28), ha curado sus enfermedades (1,31-33), ha procurado sacarlo de la marginación social a la que está condenado (1,40-45; 2,15; 5,23-34), ha fomentado la iniciativa humana y el desarrollo personal (3,1-6), ha señalado el camino para acabar con la indigencia y para satisfacer la necesidad material (6,34-46), ha denunciado la explotación que, bajo capa de piedad, sufre el pueblo por parte de los dirigentes (11,15b-18), le ha hecho ver la inconsistencia de las falsas expectativas mesiánicas basadas  en la doctrina oficial (12,35-37) y la hipocresía de algunos de sus maestros (12,38-40)... Para ofrecer una alternativa al pueblo, se ha enfrentado con los dirigentes, pero, aparte de una popularidad pasajera, no se ha ganado la adhesión a éste. No ha conseguido liberarlo, la gente sigue adicta a la institución (12,41).

De ahí su desconcierto o estupor; no se explica la respuesta que ha obtenido: constata el fracaso de su obra con el Israel histórico e incluso con el Israel mesiánico que él ha fundado (<<los Doce>>); es incomprensible que el plan de Dios, expresión de su amor a la humanidad, se malogre de manera tan rotunda. Por culpa de los dirigentes, Israel va a dar muerte al Mesías y va a condenarse a la ruina (12,6-9; cf. 15,29-32).

Esta perspectiva provoca su angustia: Jesús no sabe qué hacer, no ve salida. Su muerte, injusta e infamante, va a ser inútil. Aquí surge la duda: ¿era acertada la línea que ha seguido?. "La idea de Dios", el amor salvador, parece abocada al fracaso.  Según Jesús mismo, no hay más que una alternativa (8,33), "la idea de los hombres", que él siempre ha aborrecido y combatido: la de la imposición, la violencia, la opresión, la explotación, en una palabra, la del poder dominador, el anti-amor. Ahora bien, abandonar la primera idea es dejar el paso libre a la segunda.

Jesús no ha aceptado el poder que se le ofrecía (1,25) o se le exigía (8,11), no se ha erigido en poder alternativo frente al poder establecido. Es un hecho que la gente respeta el poder y le da su adhesión; quiere seguridad aun a costa de su libertad; no busca la plenitud humana. La actitud de los Doce, al respecto, es típica. Basta pensar en Pedro, que prefería la idea de los hombres (8,33), y ver el grupo de discípulos discutiendo entre ellos quién era el más grande (9,34), buscando el poder y la gloria mundana (10,37.41), o dejándose arrastrar por Pedro contra Jesús (14,31). La realidad invalida todo idealismo.

La duda suscita alternativas: ante la incomprensión y el rechazo de los hombres, ¿no convendría rendirse ante los hechos, dejando que la humanidad siga el derrotero que ella misma ha elegido? O, en último caso, ¿no debería el Mesías, por la dignidad y el honor de Dios, forzar la mala voluntad de los oponentes, combatirlos y someterlos por la fuerza al reinado de Dios?. La experiencia desata la ofensiva contra el amor.

Pero, por otra parte, está en juego nada menos que la salvación de la humanidad (cf. 13,10). Jesús es consciente de su enorme responsabilidad por el compromiso que ha hecho (1,9) y la misión que ha recibido (1,10-11). Además, ¿en qué quedarían todo su mensaje y su enseñanza anterior? ¿Qué sentido tendrían las condiciones del seguimiento (8,34)?

En su ánimo se entabla el combate decisivo, a muerte, entre el amor y el poder, entre la fidelidad a Dios y a los hombres y los principios de la sociedad injusta y opresora. Es como una tenaza que oprime a Jesús por ambos lados y amenaza con destruirlo.

LA BIBLIA

APÉNDICES - MARCOS

El final abrupto de Mc y la omisión de toda aparición del Resucitado a sus discípulos dio pie, ya en el siglo II, a la adición de apéndices ...