miércoles, 31 de julio de 2024

Mc 14,54

 Pedro lo había seguido de lejos hasta el interior, hasta el patio del sumo sacerdote, y estaba sentado con los sirvientes, calentándose a la lumbre.

Pedro que, junto con los demás discípulos, había salido huyendo cuando apresaron a Jesús, dejándolo solo (14,50), ahora lo sigue de lejos; su adhesión a Jesús no se traduce en cercanía, porque no acepta ni hace suyo el destino del Hijo del hombre (8,31-33). Siente cariño e interés por Jesús, le preocupa lo que pueda ocurrirle, por eso ha vuelto sobre sus pasos (lo había seguido), pero el suyo no es un verdadero seguimiento, pues la distancia que establece de Jesús (de lejos) muestra que, pese a sus bravatas de después de la Cena (14,29.31), no está dispuesto a correr la misma suerte de éste.

Sin darse a conocer, entra hasta el patio interior del palacio y se sienta allí con el personal al servicio del sumo sacerdote y demás miembros del Sanedrín, confundiéndose con ellos (estaba sentado con los sirvientes). La perífrasis estaba sentado insinúa que la estancia de Pedro en el patio es prolongada. Aparentemente, pertenece al mismo bando de los presentes; está junto a los que sirven al poder que va a condenar a muerte a Jesús. Mc insinúa así que, como ellos, Pedro está también al servicio de un poder violento.

Pero, además de estar sentado con los sirvientes, está también calentándose a la lumbre. La palabra "lumbre" traduce el griego phôs, "luz". "Calentarse a la luz" (no "al fuego") es una expresión extraña, que sugiere la existencia de un sentido figurado, más allá del literal. De hecho, "la luz" era una manera de designar al Mesías. Pedro, que todavía no ha perdido la esperanza de que Jesús salga de su pasividad y reaccione, por fin, enfrentándose con contundencia a sus adversarios, se enardece con la idea del Mesías glorioso, esperando que de algún modo se verifique en Jesús. Está sostenido en el peligro por esta esperanza.

Pedro, que había reconocido a Jesús por Mesías (8,29), sigue pensando que, en calidad de tal, Jesús es más poderoso que sus adversarios; si quisiera, podría destruirlos como, según él, hizo con la higuera (11,21 Lect.). Por eso, aún aguarda una intervención divina que salve a Jesús de la muerte y le permita vencer a sus enemigos. Está pendiente de una demostración de fuerza de Jesús, dispuesto a correr en su ayuda; si ésta se produce, haría honor a su palabra (14,31) y sería capaz incluso de morir con Jesús. Si no es así, toda resistencia es inútil y no tendría sentido morir por él. Su actitud es la misma que la del que sacó el machete en Getsemaní (14,47 Lect.).

Para Pedro hay dos jefes rivales, el sumo sacerdote y Jesús, es decir, el representante del antiguo sistema y el Mesías, que viene a derribarlo y a ocupar su lugar. Con esta idea entra en el palacio del sumo sacerdote, metiéndose en la boca del lobo. El Jesús que sigue siendo objeto de su adhesión no es el que entrega su vida por todos, sino el Mesías que él espera, el que va a imponerse sobre todos. Por eso Mc lo presenta cercano a la persona de Jesús, pero lejos del mesianismo de entrega y servicio que él encarna.

La escena nos presenta, pues, a un Pedro que todavía no ha renunciado a sus sueños de poder y gloria, y se enardece con ellos pensando que aún no está todo decidido. Sólo cuando constate que Jesús no presenta resistencia alguna ni siquiera a los ultrajes, lo negará totalmente.

LA BIBLIA

Mc 14,53

 Condujeron a Jesús a casa del sumo sacerdote, y se reunieron todos los sumos sacerdotes, los senadores y los letrados.

En la narración resalta la pasividad de Jesús; está en manos de sus enemigos, quienes lo conducen al palacio del sumo sacerdote, cuyo nombre no se menciona. Éste era la suprema autoridad religiosa y política del pueblo; su poder político se ejercía sobre Judea; su poder religioso se extendía a todas las comunidades judías. Como jefe supremo de la nación, a él llevan a Jesús, y en su residencia se reúne el Consejo o Sanedrín en pleno (todos), del que se enumeran las tres categorías que lo componían (los sumos sacerdotes, los senadores y los letrados). Se mencionan en primer lugar los sumos sacerdotes o aristocracia clerical, los más activos adversarios de Jesús desde su llegada a Jerusalén (cf. 11,18.27b; 14,1.10s.43); el centro lo ocupan los senadores o aristocracia civil, que, junto con los sumos sacerdotes, detentan el poder económico; aparecen por último los letrados, el poder ideológico.

El uso del presente histórico (se reunieron, lit. "se reúnen") muestra la hostilidad unánime de los dirigentes judíos hacia el mensaje y la comunidad de Jesús en tiempos del evangelista.

LA BIBLIA

Mc 14,51-52

 Lo acompañaba cierto joven que iba desnudo, envuelto en una sábana, y lo prendieron. Pero él, dejando la sábana, huyó desnudo.

La escena del prendimiento termina con este extraño episodio que introduce un  nuevo personaje e interrumpe el curso de la narración. El episodio, a primera vista superfluo y sin consecuencias para el relato que sigue, cobra, sin embargo, un interés particular si se compara con otros pasajes del evangelio; ellos nos dan la clave para determinar la identidad del joven y lo que sucede con él.

En primer lugar, el verbo "acompañar" (gr. synakoloutheô) aparece sólo aquí y en el episodio de la resurrección de la hija de Jairo (5,37). Este verbo que, a diferencia del simple "seguir" (gr. akoloutheô), indica igualdad de itinerario y proximidad, pero no subordinación, pone la figura del joven de nuestro episodio en estrecha relación con Jesús (Lo acompañaba). Sigue con él, después que todos los discípulos han huido, luego no pertenece a ese grupo ni a la turba que rodea a Jesús; no se separa de él ni siquiera cuando éste es detenido, y participa de su suerte: como Jesús (14,49), también el joven es apresado (lo prendieron). Tras su detención, consigue huir (Pero él... huyó), pero su huida es diferente de la de los discípulos: no se indica, como de ellos, que abandonara a Jesús, luego no supone alejamiento de éste, y, además, huye después de ser apresado, mientras que los discípulos lo hacen antes de que los apresen (14,50).

El joven aparece, pues, como figura de Jesús y anticipo de los discípulos, incapaces de llegar en el seguimiento de Jesús hasta el final.

Además de estos paralelos, una serie de términos comunes ponen este episodio en relación con otros pasajes posteriores del evangelio.

El término joven (gr. neaniskos), que denota un ser humano en la flor de la edad, se encuentra únicamente aquí y en el pasaje de la visita de las mujeres al sepulcro, cuando éstas, al entrar en él, ven "un joven" sentado a la derecha (16,5) que les anuncia la resurrección de Jesús (16,6). También el participio envuelto (gr. peribeblêmenos) aparece solamente en estos dos episodios: el joven del v. 51 está envuelto en una sábana, el de 16,5 "en una vestidura blanca".

El término sábana (gr. sindôn), que aparece aquí dos veces (vv. 51.52), se encuentra otras dos en la narración de la sepultura de Jesús (15,46bis). La sábana se usa allí como mortaja para envolver su cadáver. Es signo, por tanto, de la condición mortal de Jesús, de su vida física, que, como la de cualquier ser humano, está destinada a la muerte. Sobre esa vida los demás hombres pueden tener algún dominio y, como en el caso de Jesús, pueden llegar hasta destruirla (9,31: "lo van a entregar en manos de ciertos hombres, y lo matarán"; 14,41: "va a ser entregado en manos de los pecadores"). De esa condición mortal es de la que se despoja el joven que huye desnudo (dejando la sábana, huyó desnudo). Por oposición a la sábana, la "desnudez" representa, pues, la realidad esencial del ser humano, que escapa del dominio de los otros hombres y que ni siquiera la muerte es capaz de destruir.

Las innegables conexiones de este pasaje con los que acaban de señalarse fuerzan a admitir su sentido simbólico. Todo apunta a la resurrección. El joven que huye desnudo y el que se encuentra en el sepulcro sentado a la derecha (cf. 14,62), revestido de blanco, aparecen así como figuras paralelas y en contraste: el joven que aquí se despoja de la sábana, propia de la sepultura, en el sepulcro del resucitado estará envuelto en una vestidura blanca, símbolo de la vida divina. La figura del "joven" puede, por tanto, identificarse en ambos episodios: aquí designa a Jesús que, apresado por sus enemigos para matarlo, deja su vida física (la sábana que lo envuelve = la condición mortal) en manos de éstos, pero que sigue vivo a pesar de la muerte (escapa desnudo); en el sepulcro, a Jesús que, después de morir en la cruz, ha vencido a la muerte (16,6: "ha resucitado"). En los dos casos, "el joven" representa la esperanza de futuro, la vida nueva y pujante, la promesa de fecundidad.

La escena ofrece, pues, la interpretación teológica del prendimiento de Jesús, que desembocará en su crucifixión: "el joven" es el doble de Jesús mismo; por eso lo prenden como a él, corre su misma suerte. Pero, hecho prisionero, deja voluntariamente su vida mortal (dejando la sábana) en manos de sus enemigos y "escapa" a la gloria (huyó desnudo); sigue vivo y libre, fuera del dominio de sus perseguidores. Es decir, la pérdida de la vida física a manos de los hombres no interrumpirá la vida de Jesús (resurrección). De este modo, en el momento de empezar la Pasión, Mc señala simbólicamente su desenlace.

El episodio responde a lo dicho por Jesús en 8,35: "el que pierda su vida por causa mía y de la buena noticia, la pondrá a salvo". Tras la entrega de la vida física, subsiste la realidad profunda del hombre, el "yo" vivo y consciente. Los discípulos han querido poner a salvo su vida y así la pierden; Jesús la entrega y la pone para siempre a salvo.

Hay que notar, que, en el texto de Mc, el verbo lo prendieron se encuentra en el presente histórico (lit. "lo prenden"). Insinúa así el evangelista que también en su tiempo hay enemigos de Jesús que intentan eliminarlo en la persona de sus seguidores, pero que éstos, por su fe en la resurrección, siguen libres su camino hacia la gloria.

LA BIBLIA

martes, 30 de julio de 2024

Mc 14,43-50

 

Mc 14,43

Una multitud, el pueblo sometido a los dirigentes; se mencionan las tres categorías que constituían el Consejo (8,31; 11 ,27; 15,1) (43). Rabbí (cf. 9,5; 11,21, en boca de Pedro): Judas deseaba que Jesús no rompiera con la tradición que legitima la injusticia (7,8-13); el beso de Judas realiza el texto de Is 29,13 (Mc 7,6: «este pueblo me honra con los labios, pero su corazón está lejos de mí») (44-45). Intento de defender a Jesús con la violencia: no han orado (v. 38), sucumben a la tentación (47). El prendimiento muestra la mala conciencia de las autoridades, que no se han atrevido a detener a Jesús en público (cf. 14,1s) (48-49). Defección de todos los discípulos (cf. 14,27) (50).

Mc 14,50

 Y, abandonándolo, huyeron todos.

Como había predicho Jesús (14,27), todos los suyos lo abandonan; quieren ponerse a salvo (8,35) y olvidan toda solidaridad con él. Jesús queda completamente solo, y su soledad durará hasta la cruz.

Huyen por miedo. Los que lo habían dejado todo para seguir a Jesús (1,18.20; 10,28), dejan ahora a Jesús para ponerse a salvo ellos y no perder la vida. Sin embargo, ése es el camino para perderla (8,35). No han renegado de sí mismo (8,34), no han renunciado a su ambición y a sus ideales de triunfo terreno. Por eso, no están dispuestos a arriesgar su vida por seguir hasta el fin a un Jesús que no comprenden y con el que no se sienten identificados. Ahora dejan a Jesús, la verdadera vida, por miedo a perder la que los hombres pueden quitar.

Todos se habían asociado a la bravata de Pedro (14,31: "Aunque tuviese que morir contigo, jamás renegaré de ti"). Es decir, habrían estado dispuestos a enfrentarse violentamente con el poder establecido, para derrocarlo; pero, al ver que Jesús no opone resistencia, lo abandonan y huyen.

LA BIBLIA

Mc 14,48-49

 Reaccionó Jesús diciéndoles: <<¿Cómo contra un bandido habéis salido con machetes y palos a capturarme? A diario me teníais en el templo enseñando y no me prendisteis. Pero, ¡que se cumpla la Escritura!>>.

Sin ser interpelado, Jesús reacciona. Es la primera vez que se le nombra desde 14,30 (diálogo antes de llegar a Getsemaní). No se dirige al traidor, ni al atacante, sino a la turba.

Protesta de modo infamante como van a prenderlo (¿Cómo contra un bandido...), como si fuese un individuo violento fuera de la ley. Opone la clandestinidad del prendimiento (cf. 14,1), de noche, al carácter público de su enseñanza; si había motivo para detenerlo, podían haberlo hecho en el templo y abrirle un proceso; pero a eso tenían miedo los sumos sacerdotes (11,18; 12,12). El reproche de Jesús se dirige, por tanto, a las autoridades mismas, que han enviado a esta banda de gente, que no pertenece siquiera a la policía regular. Denuncia la vileza de los dirigentes y al mismo tiempo deja entrever su cobardía, pues no se atreven a enfrentarse con él, a tomar una decisión pública ni a asumir la responsabilidad de sus propios actos.

La locución a diario parece indicar que Jesús visitaba el templo cada día para enseñar en él, aunque de hecho, según el cómputo de Mc, sólo ha estado allí en tres ocasiones (11,11.15b; 27b). Es posible que Mc quiera insinuar, con esta locución, que su relato no agota los hechos de la vida de Jesús.

Aparece la mala conciencia de las autoridades; no se atreven a la confrontación con Jesús, en la que han quedado derrotadas (11,27b-33). Jesús ha atacado sobre todo su praxis, la ha denunciado en público; no se ha enfrentado con la Ley, sino con el comercio en el templo y con la conducta de ciertos letrados. Incluso la terrible parábola de los viñadores se refería al modo de proceder de los dirigentes, acusándolos de apropiarse del pueblo (la viña). No se ha enzarzado en discusiones teológicas, ha puesto en cuestión su comportamiento, y ellos saben que ahí tienen la batalla perdida; por eso el arresto no se hace en público, sino a traición. Lo tratan como si fuera un rebelde violento, a él que nunca ha usado ni predicado la violencia; como a un forajido, un fuera de la ley, peligroso para la sociedad, al que no se reconocen derechos.

Jesús había enseñado en el templo y, en su enseñanza, lo había denunciado como una cueva de bandidos (11,17). Al asociar ahora las dos palabras, "bandido" y "enseñar", insinúa Mc que el verdadero motivo del prendimiento es que Jesús ha puesto al descubierto la explotación del pueblo que hacen los dirigentes. Para acabar con esa enseñanza, expuesta a la luz del día y que no pueden refutar, usan el dolo y la traición, confirmando la realidad de la denuncia y su cobardía. Quieren así suprimir, no la realidad del bandidaje que ellos ejercen, sino la resonancia de la acusación que hace Jesús.

La Escritura que menciona Jesús puede referirse al texto de Is 53,12: "Fue contado entre los malhechores", pero el término global <<la Escritura>> indica que alude también a otros pasajes; sin duda a los que describen la suerte del justo perseguido y la violencia y perfidia de sus enemigos. Por otra parte, la frase que se cumpla la Escritura no significa que los antiguos textos hubiesen vaticinado lo que había de suceder con Jesús. La Escritura es testigo de una experiencia humana en la historia, que vuelve a realizarse en esta ocasión; describe una constante del comportamiento humano malvado, y Mc ve su analogía con la situación en que Jesús se encuentra: lo que tuvo lugar entonces lo tiene también ahora.

LA BIBLIA

Mc 14,47

Uno de los presentes tiró de machete e hirió al siervo del sumo sacerdote, cortándole el lóbulo de la oreja.

Mc no identifica explícitamente al que en este momento usa la fuerza, sólo indica que se trata de uno de los presentes. En realidad, el evangelista escatima en esta perícopa las identificaciones explícitas; es el contexto la que las va determinando. Así, en el v. 46, los que arrestan a Jesús son denominados "ellos", siendo el contexto anterior y la acción que ejecutan los que permiten identificarlos con el tropel de gente que acompaña a Judas (v. 43). Lo mismo ocurre, en el episodio final, con la frase "huyeron todos" (v. 50), que podría referirse a la turba a la que Jesús reprocha su actuación con él (vv. 48s); sólo la perícopa precedente (14,32-42), donde aparecen los discípulos, y la predicción de Jesús después de la cena del abandono de todos ellos (14,27) señala a éstos como los que huyen tras el prendimiento.

También aquí es el contexto, unido al uso que hace Mc de la partícula griega de, que aparece al comienzo del versículo, lo que permite identificar al agresor.

En primer lugar, el atacante pertenece (Uno de) a un grupo estático, los allí presentes, distinto de la turba, que forman el grupo dinámico que ha prendido a Jesús. Mientras la turba lleva a cabo el prendimiento, uno de los testigos del hecho reacciona con violencia ante él. Por lógica, este testigo no puede ser un miembro de ella, ni tampoco un espectador ocasional, porque los dirigentes han evitado la detención en público de Jesús, por miedo a un tumulto popular (14,1-2; cf. 11,18; 12,12). El agresor, pues, es uno de los que han acompañado a Jesús a Getsemaní (14,32) y que está con él en el momento de su arresto, es decir, uno de sus discípulos. Aunque éstos no se nombran explícitamente en toda la escena, están presentes en la misma, de lo contrario no tendría sentido la señal que Judas había convenido con la turba (v. 44) y su gesto de besar con insistencia a Jesús (v. 45), en caminados ambos a evitar que, al realizarse la detención, Jesús fuese confundido con alguno de sus acompañantes. Son ellos, además, los que al final de la escena abandonan a Jesús y salen huyendo (v. 50).

El uso de la partícula griega de al comienzo del versículo confirma esta conclusión. Dicha partícula se emplea en muchas ocasiones para ir separando a los personajes o grupos actuantes. En la perícopa aparece tres veces (vv. 44.46.47). Después del binomio Judas-multitud (v. 43), de separa primero a Judas como contradistinto de la multitud (v. 44: "[pero (de)] el traidor había convenido con ellos una señal"), luego a la multitud como contradistinta de Judas (v. 46: "[pero (de)] uno de los presentes") que identifica a un actante, separándolo, como lo ha hecho hasta ahora, como contradistinto tanto de Judas como de la multitud. Si perteneciera a esta última, Mc habría puesto "[pero (de)] uno de la multitud" (gr. heis de tis tou okhlou), o bien, "[pero (de)] uno de ella" (gr. heis de tis autôn), y no "[pero (de)] uno de los presentes" (gr. heis de tis autôn), y no "[pero (de)] uno de los presentes" (gr. heis de tis tôn parestêkotôn). Por otra parte, después de la detención, la turba está tranquila, ha conseguido su objetivo; no tiene sentido que nadie de ella intervenga. Así pues, los presentes designan un grupo, hasta ahora inactivo, distinto de la multitud que acaba de prender a Jesús y que no puede ser otro que el grupo de discípulos que han sido testigos del prendimiento. Uno de este grupo es el agresor.

A este individuo Mc no lo llama "discípulo", pues, a partir de la llegada a Getsemaní, donde ha usado el término por última vez (14,32), deja de emplearlo en todo el relato de la Pasión. De hecho, no puede llamarlo discípulo porque su acción se opone a la actitud y enseñanza de Jesús. Por eso lo describe como uno de los presentes, locución que indica cercanía, pero no adhesión auténtica a Jesús.

El personaje en cuestión reacciona inmediatamente después del prendimiento, luego su acción quiere ser una respuesta a ese hecho; intenta responder con la fuerza a la violencia que se está ejerciendo contra Jesús. Ahora bien, la actitud que lleva a este acto es la expresada por Pedro en 14,31: "Aunque tuviese que morir contigo, jamás renegaré de ti", asumida a continuación por el grupo de discípulos al completo ("Y todos decían lo mismo"). El atacante es, pues, un miembro de éste, que los representa a todos; la actitud común del grupo es lo que hace que el sujeto aparezca indeterminado (Uno de); podría ser "uno cualquiera" de ellos. Todos estarían dispuestos a morir con Jesús combatiendo al enemigo, pero no comprenden que Jesús se entregue voluntariamente sin oponer resistencia. La muerte sin resistencia y sin gloria no tiene sentido para ellos. Lucharían por derrocar a los dirigentes para instaurar el reinado de Jesús, pero dar la vida sin defenderla con uñas y con dientes lo consideran un gesto inútil. Como no han hecho caso de las exhortaciones de Jesús (14,34.38), no han vencido la tentación y no podrán, como él, dar testimonio del amor del Padre.

El anónimo personaje hiere con un machete al siervo del sumo sacerdote, cortándole el lóbulo de la oreja. En la frase tiró de machete, el artículo es posesivo (= "su machete", el que él llevaba), indicando el talante de violencia que reinaba en el grupo de discípulos, en correspondencia con su ideal del mesianismo davídico de Jesús. El atacante va a usar la misma arma (un machete) que los que han ido a prender a Jesús (v. 43). Se pone al nivel de la turba.

El siervo del sumo sacerdote, es un título honorífico. Destaca de la turba y denota un personaje cualificado que desempeña un cargo único y de primera fila; aparece, pues, como un delegado y representante del sumo sacerdote, la suprema autoridad política y religiosa de Israel, que encarnaba la institución. En los pueblos orientales, cualquier funcionario, aun de alto rango, era llamado <<siervo>> de su señor. Atacar al siervo equivale a atacar al sumo sacerdote.

El atacante hiere al representante del sumo sacerdote en el lóbulo de la oreja. Esta precisión de Mc tiene por trasfondo Éx 29,20 y Lv 8,23, donde se prescribe y ejecuta la consagración de Aarón, el sumo sacerdote, y de sus hijos. Para realizarla, se untaban con sangre del animal sacrificado varias partes del cuerpo del futuro sacerdote, entre ellas el lóbulo de la oreja derecha.

Así, cortar al siervo el lóbulo de la oreja equivale a despojar al sumo sacerdote de su consagración, es decir, a destituirlo. El agresor no se enfrenta con la turba, sino con la máxima autoridad de su pueblo. Se revela su postura: concebía a Jesús como un Mesías reformador de las instituciones, que había de destituir a los dirigentes empleando la fuerza. Por eso, con su acción, declara ilegítimo el sumo sacerdocio existente. Muestra el espíritu reformista violento que ha caracterizado siempre a los discípulos, en particular a Pedro (1,29-31). No han orado (14,38) y sucumben a la tentación.

Hay que notar dos hechos narrativamente incongruentes. En primer lugar, al siervo del sumo sacerdote se le nombra inesperadamente; nadie habría pensado que entre la turba anónima que acompaña a Judas se encontrase un personaje tan importante, que normalmente debería haber asumido las funciones de jefe. En segundo lugar, inexplicablemente no hay reacción al ataque ni por parte de Jesús ni por parte de la turba. Esta doble incongruencia narrativa lleva a concluir que tanto la figura del siervo como la agresión del discípulo son solo un artificio literario de Mc para explicitar la actitud del grupo que acompañaba a Jesús en el momento de la detención.

LA BIBLIA

APÉNDICES - MARCOS

El final abrupto de Mc y la omisión de toda aparición del Resucitado a sus discípulos dio pie, ya en el siglo II, a la adición de apéndices ...